Artículo de Opinión por: Lcdo. Rubén Darío Cova
Cumplir años debería ser el justo premio a una vida de esfuerzo: una etapa de tranquilidad, sabiduría cosechada y, por sobre todas las cosas, respeto. Sin embargo, la realidad es mucho más sombría. Para miles de personas de la tercera edad, el envejecimiento se ha transformado en un boleto hacia una vulnerabilidad profunda que la sociedad, por comodidad o indiferencia, prefiere ignorar. El abuso hacia los ancianos es una de las crisis latentes más incómodas y desatendidas de nuestro tiempo.
Recientemente, la activista y analista Yadira Hidalgo ponía el dedo sobre la llaga al recordar una cifra alarmante de la Organización Mundial de la Salud (OMS): uno de cada seis adultos mayores sufre algún tipo de abuso en el mundo. No estamos ante un problema aislado o estadístico; estamos ante una fractura social que ocurre a puerta cerrada.
Las sutilezas de la crueldad
Cuando pensamos en "maltrato", la mente suele evocar de inmediato la violencia física. Pero los golpes no son la única forma de romper a una persona. Existe un maltrato silencioso, psicológico y cotidiano, que erosiona la dignidad de los mayores de forma destructiva:
La infantilización: Tratar a un adulto mayor como a un niño sin capacidad de discernimiento, descalificando sus comentarios o anulando su voz.
La exclusión sistémica: Dejarlos fuera de las decisiones familiares, relegándolos a un rincón del hogar y haciéndoles sentir que son, trágicamente, una "carga".
El abuso financiero: Una práctica tan común como ruin. El despojo de sus bienes, la apropiación de sus pensiones o el control absoluto de sus recursos, aprovechándose de su desgaste físico o deterioro cognitivo.
Lo más alarmante de esta radiografía es el origen del daño. La mayoría de estos abusos no provienen de extraños en la calle, sino de su entorno familiar más cercano. El miedo a la soledad, el aislamiento o la simple vergüenza provocan que la inmensa mayoría de estas situaciones nunca formen parte de una denuncia formal.
Negligencia y un sistema que da la espalda
El abandono de las necesidades básicas (alimentación, higiene y el control riguroso de la medicación) no siempre es fruto de la malevolencia pura; muchas veces refleja la crisis de un sistema de cuidados que está completamente roto. Las familias se encuentran solas, carentes de un apoyo institucional, económico y psicológico real para afrontar la vejez de sus miembros.
Sin embargo, la falta de recursos no justifica la pérdida de empatía. Normalizar el desdén o la mirada esquiva hacia nuestros ancianos es un síntoma inequívoco de la deshumanización de nuestra civilización. Una sociedad que descarta a quienes construyeron el presente es una sociedad sin brújula moral.
Una tarea de justicia elemental
Es urgente afinar la mirada colectiva. Debemos aprender a leer las señales de alerta: un aislamiento repentino, moretones sin explicación clara, un descuido inusual en su aseo o un cambio drástico en su semblante.
Proteger, integrar y valorar a la población mayor no puede seguir siendo visto como una obra de caridad o un acto de condescendencia benévola. Es un acto de justicia elemental.
Al final del día, la balanza es matemática y humana: defender los derechos y la dignidad de los ancianos hoy, no es solo un deber para con ellos; es la única garantía de construir el entorno seguro y respetuoso en el que nosotros mismos esperamos envejecer el día de mañana.

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