
Redacción por: Jhoana Fuentes
Caracas. — El sol apenas se asoma por el Waraira Repano y ya José Solís se ajusta la corbata frente al espejo de su modesta casa. No importa que el calor después apriete o que las aceras sean implacables con sus zapatos lustrados pero viejos. Él no sale a pedir limosna. Sale a trabajar. Sale a hacer patria con una canción.
De complexión erguida y bigote bien recortado, don José —como le dicen con respeto sus seguidores callejeros— es un adulto mayor, pensionado, de esos que el Estado nunca termina de reconocer. Pero lejos de amargarse, tomó su voz y ese aire de galán de telenovela de los setenta, y se plantó en las esquinas más concurridas de Caracas: la hoyada, San Agustín, los boulevares de Sabana Grande, el gentío de la Plaza Venezuela. La plaza Bolívar..
“Uno no nace para quedarse en la casa viendo novelas —dice con una sonrisa que le arruga la mirada—. Yo nací pa’ cantar, y mientras Dios me preste garganta, la calle es mi tarima”.
Y vaya tarima. Su caballo de batalla es una tonada pegajosa, pura esencia llanera con meneo citadino: "La Araña". No es un tema cualquiera. Es un canto al trabajo, a la resistencia y a ese bichito que “teje sin parar”, metáfora perfecta del propio José. La letra habla de constancia, de no rendirse y de que “con ocho patas o con dos, pa’lante es que se va”. Los transeúntes se detienen, algunos sacan el celular, otros se animan a mover los hombros y, los más atrevidos, le echan un coro.
—¡Don José, póngala otra vez, que hoy es viernes! —le gritan desde un puesto de cachapas.
Él obedece, cierra los ojos, y con su voz nasal, convierte el gentío en una fiesta improvisada.
Un encuentro con el destino
El equipo de Publifuentes llevaba semanas tras su rastro. Por fin dimos con él, hoy viernes, cuando ensayaba en los Símbolos. Su vestimenta era impecable: camisa naranja manga larga, , un saco marrón, pantalón de vestir marrón y, por supuesto, la corbata verde, todo un distintivo. “La corbata es mi corona —bromea—. Sin ella, no soy José Solís, soy Pepe el del seguro”.
El motivo de nuestra visita era especial. Sabíamos que sus maracas — ya no daban más. Habían perdido el relleno, sonaban a cascabel enfermo. Así que, en nombre de todos los que hemos sido alegrados por su música, le llevamos un regalo.
Al ver la caja, don José frunció el ceño, desconfiado. Pero al abrirla y descubrir unas maracas profesionales con sello venezolano grabado en la madera, sus ojos se humedecieron. Sin decir una palabra, las tomó, las sopesó, las hizo sonar... y entonces rompió en un llanto agradecido que contuvo rápidamente, como si la dignidad no le permitiera más de dos lágrimas.
—Esto es más que un instrumento —susurró con la voz entrecortada—. Es como si me dijeran: “Sigue, José, que lo que haces vale”. Ay, muchachos, ¿cómo les pago?
—Con su música, don José —le respondió nuestro Director de Marketing, Ruben Dario Cova—. Eso ya es suficiente pago.
La araña sigue tejiendo
Acto seguido, José Solís agarró las nuevas maracas, afinó su voz y sin previo aviso les cantó a los presentes. Escogió su himno. "La Araña" sonó más brillante que nunca, con un repique de semillas que invitaba hasta a los árboles a menearse. Al poco rato, una señora que cargaba bolsas del mercado dejó todo en el suelo y se puso a zapatear; un niño imitaba el movimiento de los arácnidos con sus manitas. Caracas, por unos minutos, dejó de ser una ciudad de concreto y caos para convertirse en un tambor.
Al despedirnos, don José guardó sus nuevas maracas en un morral gastado, pero no sin antes limpiarlas con un pañuelo blanco. Apretó nuestra mano, fuerte, con esa calidez de los que han aprendido que la mejor inversión es el afecto.
—Ahora sí —dijo, mirando el cielo que empezaba a despejarse—, la araña tiene nuevas patas. Voy pa’ la Candelaria, que allá me esperan.
Y se fue calle abajo, erguido, encorbatado, maracas al viento, cantando bajito mientras el eco de "La Araña" se perdía entre los pitos de los autos y el bullicio eterno de una ciudad que, gracias a él, todavía baila.
Así es José Solís: talento nacional, pensionado, emprendedor de la alegría. Un hombre que, en lugar de pedir pan, lo hornea con cada canción.
Si quieres apoyar a músicos callejeros como don José, comparte sus historias o síguelo en sus andanzas por las esquinas del centro de Caracas. Porque el folclor no se gasta, se teje.
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