Por: Jhoana Fuentes
Antes de los grandes escenarios, antes de los discos de platino y de que su nombre se grabara a fuego en el panteón de la salsa, había un joven en los barrios de Caracas que cantaba con el alma. Cantaba mientras trabajaba, mientras soñaba, mientras convertía la rutina en ritmo. Óscar D’León no salió de una academia de música; salió de la vida misma. Su primera tarima no fue un teatro, sino el concreto de una gasolinera y la caja de resonancia de un auto-bus. Y fue allí, en lo auténtico, donde encontró el sonido que conmovería al mundo.
Su historia no es la del prodigio descubierto, sino la del talento forjado a fuerza de terquedad y alegría. Mientras conducía, mientras mecía a sus hijos, la música era un latido interno que no podía callar. Formó su primera orquesta, “La Dimensión Latina”, no con músicos consagrados, sino con amigos que compartían su fe en la fiesta. Su instrumento secreto no fue solo el bajo que dominaba con destreza, sino una energía imparable, un carisma que era un imán y una voz que no cantaba notas, sino que narraba historias de pueblo, de amor, de baile.
El éxito en Venezuela podría haber sido el final feliz de muchos. Pero para D’León era solo el compás de apertura. Su ambición visionaria soñaba con orquestas más grandes: las del mundo. Se lanzó como solista con una valentía que marcaría su carrera: “El Sonero del Mundo”. No era un título, era una declaración de principios. Cruzó fronteras no pidiendo permiso, sino llevando consigo una salsa pura, cruda, eléctrica, que desarmaba por su gozo genuino. En Nueva York, la meca de la salsa, no se adaptó; los conquistó. En Japón y Europa, donde el idioma era una barrera, el ritmo fue el vocabulario universal que todos entendieron.
Los logros materiales —los premios, los récords de venta, las ovaciones— son la estela que deja el meteoro, no su esencia. El verdadero legado de Óscar D’León es la democratización de la alegría. Él demostró que la salsa no era propiedad exclusiva de unas cuantas estrellas neoyorquinas; podía brotar con la misma potencia desde el corazón de Caracas. Su éxito es un manifiesto de autenticidad: no cambió su esencia para caber en moldes preestablecidos; fue tan fiel a su raíz, a su forma desinhibida de cantar y bailar en el escenario, que el molde se rompió y se reformó a su alrededor.
Hoy, con más de cinco décadas de carrera, su energía sigue siendo el mismo motor de siempre. No es un ícono en un pedestal, sino un faro de perseverancia. Nos grita, entre trompetazos y golpes de cáscara:
· ¿Tu sueño nace de un lugar auténtico, de lo que realmente amas hacer, aunque al principio solo te escuche el vecindario?
· ¿Estás dispuesto a ser el “sonero” de tu propio mundo, a dominar tu arte con tal maestría y pasión que traspase los límites que otros te impongan?
· Cuando el camino se pone cuesta arriba, ¿recuerdas la alegría que te impulsó al inicio, como D’León recuerda la salsa que cantaba en su bus?
La lección de El León de la Salsa es atemporal: el talento, cuando se riega con trabajo incansable y se expresa con autenticidad radical, no tiene fronteras. Tu pasión, ese ritmo interno que te hace único, no necesita permiso para resonar. Solo necesita que le des el escenario de tu acción diaria, que perseveres en sus compases aunque los aplausos tarden en llegar.
Óscar D’León no llegó a la cima. La construyó, ladrillo a ladrillo, con cada nota, cada presentación, cada sonrisa regalada al público. Su vida es una canción que nos invita a bailar nuestra propia melodía con la misma fiereza y gozo. El mundo tiene hambre de autenticidad. ¿Estás listo para subirte a la tarima y tocar tu música? ¡Que suene!

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