Lily Hernández, "La Enfermera que ilumina Corazones en Caracas"

 


Por: Jhoana Fuentes

En los pasillos de los hospitales, entre el murmullo de batas blancas y el vaivén de las urgencias, hay historias que se tejen con hilos de humanidad. Una de ellas es la de "Lily Hernández", una caraqueña cuya risa contagiosa y energía vibrante desdibujan los 40 años que lleva entregada a la enfermería. Con una sonrisa que disipa la sombra del dolor y manos expertas que han aliviado incontables sufrimientos, Lily es mucho más que una profesional: es un faro de calor en un sistema de salud a menudo frágil.  

La Enfermera que Nació para Servir

Lily lleva la vocación en la sangre. Desde joven, supo que su lugar estaba al lado de quienes más la necesitaban. "En la enfermería no solo se cura el cuerpo, se abraza el alma", dice mientras recuerda sus primeros años en hospitales públicos, donde aprendió que una palabra amable puede ser tan sanadora como un medicamento.  

Extrovertida y cercana, siempre ha sido el alma de los equipos médicos. "Los doctores son los cerebros, pero nosotras "las enfermeras" "somos el corazón", afirma con picardía, mientras ajusta su estetoscopio, un accesorio que lleva con tanto estilo como sus coloridos conjuntos.  


Enfermeras VIP: Un Toque de Excelencia en Casa

Hoy, con cuatro décadas de experiencia, Lily ha dado un salto audaz: "Enfermeras VIP", su proyecto independiente, ofrece cuidados personalizados a pacientes en Caracas. Desde postoperatorios hasta atención geriátrica, su equipo combina profesionalismo con calidez, un lujo en tiempos donde el trato humano escasea.  

"Mucha gente teme los hospitales. Queremos que la atención de calidad llegue a sus hogares, con confianza y calidez", explica. Su servicio no solo incluye procedimientos médicos, sino también ese acompañamiento que hace la diferencia: una charla, un café compartido, una mano que sostiene en los momentos frágiles.  

La Alegría como Terapia

Quienes la conocen destacan su capacidad para transformar la adversidad en esperanza. "Lily llega a una habitación y la ilumina", comenta un colega y amigo desde hace años. "Es de esas personas que convierten el oficio en arte".  

A sus 75 años de edad, Lily no planea retirarse. "Mientras mis manos puedan sostener una jeringa o acariciar una frente sudorosa, seguiré aquí", dice. Su historia es un recordatorio de que, en un mundo donde la medicina a veces se automatiza, "el mejor remedio sigue siendo la humanidad".

Y así, entre batas y sonrisas, Lily Hernández sigue escribiendo su legado: una vida dedicada a sanar, no solo con medicinas, sino con amor.

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