
Recuerdo aquella tarde en Lechería, esa ciudad venezolana de calles cálidas y brisa salitrosa, capital del municipio Diego Bautista Urbaneja, anclada al norte de Anzoátegui como un faro de vida dentro del bullicio metropolitano de la Gran Barcelona. El sol se derretía sobre el malecón, y yo, entre sombreros de paja y el murmullo de los turistas, vendía besos de coco —dulces, pegajosos, efímeros como los momentos felices— cuando tropecé con él.
Yaguare Komedia.
No hizo falta presentación. Su rostro ya era familiar, esculpido a fuerza de carcajadas en las redes, un personaje que llevaba el humor en la sangre como otros llevan el ritmo en los pies. Alto, de sonrisa fácil y ojos que parecían guardar siempre el remate de un chiste, se acercó a mí, como si la vida misma lo hubiera escrito en esa escena.
—¿Un beso de coco? —le ofrecí, sin saber que aquel intercambio sería más que monedas por dulzura.
Él rió, compró dos, y entre mordiscos jugosos, la conversación derivó hacia su oficio. Mientras el mar pintaba espumas detrás de nosotros, Yaguare habló del humor no como un juego, sino como un arte de resistencia.
—Esto no es solo soltar chistes —dijo, señalando su cabeza con un gesto teatral— Es estudiar a la gente, descifrar sus silencios, saber qué les duele para aliviarlo con una risa.
Yo, como un "mercenario de las ventas ambulante", escuché entre líneas la lección: él también vendía algo. No coco, sino alivio. Su mercancía eran segundos de olvido, carcajadas que desinflaban dramas.
—El stand-up es un ring sin guantes —continuó—. El guionismo, labrar tierra árida buscando la semilla de un buen sketch. Y las redes... ay, hermano, son un circo donde el payaso compite con memes de gatos.
Pero lo que más me impactó de esta conversación no fueron sus palabras sobre la comedia, sino descubrir que detrás del artista había un hombre de corazón gigante. Entre bromas, alguien del público lo llamó "el payaso serio", y él, con esa humildad que solo tienen los grandes, soltó:
—"Si hacer reír es mi talento, ayudar es mi deber."
Y así supe de sus obras sociales: cómo recorre todo el oriente venezolano con bolsas de comida para los más necesitados, cómo organiza rifas de motos y automóviles, cómo convierte su fama en una herramienta para tender manos, no solo para cosechar aplausos. "La risa no llena la nevera, pero a veces alivia el hambre del alma," me dijo, mientras firmaba autógrafos a niños que lo miraban como a un superhéroe sin capa.
Yo, como "mercenario de las ventas", sentí que ese día no solo había conocido a un comediante, sino a un hombre que entendía que el verdadero humor no evade la realidad, sino que la abraza para transformarla.
"Ojalá hubiera más personas como tú en Venezuela"—le solté sin pensar.
Él solo sonrió, dejó un billete extra en mi puesto "para el próximo que no pueda pagar su beso de coco" y se fue entre risas y saludos, como un personaje de esos cuentos que uno quisiera que no terminaran.
Esa tarde, los besos de coco se agotaron rápido. Quizás porque, sin planearlo, Yaguare me había dejado uno más: el sabor dulce de creer que, en medio del caos, todavía hay quienes alivian el peso del mundo... ya sea con un chiste o con un plato de comida.
Pero nunca se me va a olvidar esa frase de aquel comediante...
—¡Ojo! Rubén Darío "El mejor chiste siempre lo escribe la vida". "Nosotros solo lo decoramos".
Y el mar, testigo de todo, siguió riendo entre olas, como si también supiera el secreto: que la generosidad es el mejor rasgo de bondad muy preciado entre las personas.
¡Ah! Y agrego algo, esta conversación sin planificarla mucho, propiamente me sirvió como entrevista para nuestro portal informativo: Publifuentes.blogspot.com

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