TAL DÍA COMO HOY. En Venezuela: Se conmemora el aniversario de la proclama del Decreto de Guerra a Muerte emitido por Simón Bolívar en 1813.



Artículo de Opinión Por: Jhoana Fuentes Alvarez

Hay fechas en la historia que no se conmemoran por la belleza de sus palabras, sino por el peso telúrico de sus consecuencias. Hoy se cumple un aniversario más de una de las decisiones más drásticas, polémicas y determinantes de la gesta emancipadora americana: la proclama del Decreto de Guerra a Muerte, emitido por Simón Bolívar el 15 de junio de 1813 en la ciudad de Trujillo.

Para entender este documento —firmado en plena Campaña Admirable— es necesario despojarse del romanticismo histórico y mirar de frente la crudeza de una época en la que la naciente República se desangraba. Bolívar no redactó una ley; lanzó un ultimátum geopolítico que cambiaría para siempre el destino de la región.

Romper el espejo de la guerra civil

Hasta 1813, la lucha por la independencia en el territorio venezolano tenía una naturaleza trágica y confusa: era, en esencia, una guerra civil. Los ejércitos realistas (que defendían a la Corona española) y las filas patriotas estaban integrados mayoritariamente por americanos, hermanos de una misma tierra enfrentados entre sí. Para el grueso de la población, el conflicto no era una lucha de liberación nacional, sino una pugna de facciones.

El genio político de Bolívar comprendió que, bajo esa premisa, la Primera República se había perdido y la segunda corría el mismo riesgo. Había que cambiar la percepción del conflicto. El Decreto de Guerra a Muerte fue el instrumento psicológico y legal para trazar una línea infranqueable: transformar una disputa interna en una guerra formal entre dos naciones distintas, la República de Venezuela y el Imperio Español.

A partir de Trujillo, ya no se combatía contra un vecino descarriado; se combatía contra una potencia extranjera invasora.

La línea de fuego: "Españoles y canarios... Americanos..."

La famosa y terrible sentencia de la proclama no dejaba espacio a las zonas grises:

"Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de la América. Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables".

Con estas líneas, El Libertador aplicó una polarización radical. El objetivo principal era forzar una definición absoluta de los bandos. Los españoles y canarios que no apoyaran activamente la causa republicana serían ejecutados; en contraposición, los americanos recibirían un indulto casi automático, una invitación forzosa a sumarse a la causa nacional.

Fue una estrategia de terror calculado, una respuesta a las atrocidades previas de jefes realistas como Monteverde, pero sobre todo, fue una maniobra desesperada para cohesionar la identidad americana a través del miedo y el sentido de pertenencia.

El largo camino hacia la regularización

Este estado de violencia sin cuartel, donde la piedad era sinónimo de traición, rigió los campos de batalla durante siete largos y dolorosos años. No fue sino hasta 1820 cuando la barbarie institucionalizada encontró un freno humano y diplomático.

En noviembre de ese año, el propio Bolívar y el general español Pablo Morillo firmaron el Tratado de Armisticio y Regularización de la Guerra en Trujillo, el mismo suelo donde había nacido el decreto. Este acuerdo no solo puso fin a la "guerra a muerte", sino que sentó las bases del derecho humanitario internacional en el continente, devolviéndole la caballerosidad y el respeto a la vida a los campos de batalla.

Conmemorar hoy este decreto no es celebrar la violencia, sino analizar el pragmatismo feroz que se requirió para fundar una nación. El Decreto de Guerra a Muerte fue el acta de nacimiento de nuestra soberanía, escrita con la tinta de la determinación más absoluta: la certeza de que, para ser libres, primero teníamos que reconocernos como un pueblo distinto y dueño de su propio destino.

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