Según la Olacde, Venezuela, México y Brasil
suman 70% de la producción regional
Artículo de Opinión por: Lcdo. Rubén Darío Cova
La reciente radiografía presentada por la Organización Latinoamericana y Caribeña de Energía (Olacde) nos devuelve una postal conocida, pero no por ello menos provocadora: Venezuela ha vuelto a consolidarse en el "top 3" de los productores de crudo de la región en el arranque de 2026. Junto a gigantes económicos como Brasil y México, el país concentra una parte del 70% de la producción petrolera latinoamericana. A primera vista, el dato invita al optimismo o, al menos, al alivio macroeconómico. Sin embargo, un análisis más agudo obliga a preguntarse: ¿estamos ante el renacer sostenible de una potencia o ante el mero reflejo inercial de una riqueza subterránea que la superficie aún no logra capitalizar del todo?
El repunte del 11% en la producción petrolera es, sin duda, una victoria táctica para una industria local que arrastra años de asfixia operativa, desinversión severa y un intrincado laberinto de sanciones internacionales. Que el subsuelo venezolano siga respondiendo con esa nobleza demuestra que, geológicamente, el país mantiene intacto su estatus de motor energético continental. Compartir el podio con las dos economías más grandes de América Latina no es un logro menor; es un recordatorio de lo que Venezuela es por naturaleza, a pesar de lo que ha dejado de ser por gestión.
No obstante, el mismo informe de la Olacde actúa como una ducha de agua fría cuando desvía la mirada hacia el gas natural. Mientras la producción regional de gas experimentó un salto notable del 27%, Venezuela quedó relegada a un papel secundario, con un modesto 10% de participación, superada no solo por Brasil, sino por economías de menor escala geográfica como Trinidad y Tobago, o Argentina con el impulso de sus yacimientos no convencionales.
Este contraste entre el petróleo y el gas sintetiza el verdadero nudo gordiano de la economía venezolana. El gas natural ya no es el "hermano menor" del petróleo; en el contexto de la transición energética global y la búsqueda de combustibles más limpios, el gas es el puente hacia el futuro. Quedar rezagado en este sector, mientras los vecinos pisan el acelerador, evidencia que las "persistentes limitaciones operativas y los desafíos estructurales" que menciona el reporte no son meros baches en el camino, sino fallas de origen que limitan la diversificación y la modernización del parque energético nacional.
Celebrar el tercer puesto en petróleo es válido, pero conformarse con ello sería un error histórico. El dato de enero de 2026 confirma que la ventaja comparativa de Venezuela (sus reservas) sigue allí, desafiando la gravedad del colapso estructural. Sin embargo, la ventaja competitiva (la capacidad de transformar ese recurso en riqueza eficiente, limpia y constante) sigue siendo la gran asignatura pendiente.
Para que el subsuelo venezolano vuelva a ser un motor real y no un espejismo estadístico, la industria requiere algo más que resistencia operativa: necesita reformas profundas, certidumbre jurídica para atraer inversiones de gran calado y una visión que entienda que el liderazgo energético del siglo XXI ya no se mide solo en barriles de crudo pesado, sino en la capacidad de encender las luces del futuro sin apagar las oportunidades del presente.

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